Temporadas: 6.
Terminada: sí.
Tipo: Espías, acción.
Dónde verla: Disney +.
The americans es una de mis series favoritas por muchos motivos, pero quizá el principal es su habilidad para conseguir que amemos a Elizabeth y a Philip pese a verlos engañar, matar y extorsionar. Sí, son unos cabrones, pero la serie ahonda en la psicología de los personajes, y al final terminamos sintiendo una profunda conexión, no exenta de compasión, con esa pareja reclutada en su Rusia natal siendo casi unos niños para iniciar una vida falsa en el país del eterno enemigo: USA. De cara a la galería son una pareja más de clase media norteamericana: tienen una agencia de viajes, son guapos y tienen dos hijos. Es precisamente la trama con los hijos una de las más potentes de esta serie: comienzan siendo dos niños, pero Paige, la mayor, empieza a crecer y a darse cuenta de que algo no cuadra en su aparentemente anodina vida.
Saber que lo que estamos viendo sucedió en realidad le da mucha más profundidad a la serie. The americans se inspira en la vida real de los espías durante la Guerra Fría, especialmente en la de dos agentes encubiertos del SVR: Elena Vavilova y Andrey Bezrukov. Aunque ahora nos suene a ciencia ficción, en los 80 el mundo se dividía en dos poderosos bloques, USA y URSS, y la tensión de la Guerra Fría era real y tremenda. Las mejores películas de espías se basan en hechos de esta época, y The americans es brillante porque es una genialidad cómo la reproduce, y también por cómo dinamita esa dualidad buenos/malos para mostrarnos las profundas grietas interiores de nuestros personajes de ambos lados.
La serie es lenta, minuciosa, se recrea en el mundo interior de los personajes, y esto ya la hace una serie única en estos tiempos de consumo a velocidad vertiginosa. Entramos con los protagonistas en las misiones, sentimos la tensión, sufrimos con ellos cuando su relación se resiente y compadecemos a Page, aunque nos resulte un coñazo, porque nos hacen entender que es una adolescente cuyo mundo cambia radicalmente de un día a otro.
Elizabeth y Philip se disfrazan, cambian de identidad, espían, asesinan, engañan, tienen sexo a cambio de información… no hay NADA que ellos no harían por su patria. Pero la serie ya empieza mostrándonos una gran diferencia entre ellos: a Philip le gusta vivir en Norteamérica, y se muestra crítico con muchas cosas de Rusia, y va a plantearle a Elizabeth en varias ocasiones que dejen atrás esa vida y huyan del KGB. Sí, su matrimonio es una farsa, pero terminan enamorándose (es especialmente simbólica la escena de la boda de verdad en la quinta temporada) y si algo es alucinante en esta pareja es su brutal manera de no engañarse nunca, o al menos intentarlo: quizá es la pareja más sincera que hayamos visto nunca en la ficción (y en la vida real). Esa sinceridad tan dura, tan carente de misericordia, define a nuestros dos espías, lanzados a un país extraño siendo muy jóvenes, tras años de preparación en Rusia, y tiene sentido: no llegaron siendo pareja, llegaron siendo espías y, poco a poco, se han convertido en pareja. Tiene lógica: ¿con qué otra persona pueden ser ellos mismos? Es normal que terminen necesitándose de esa manera tan poderosa. Pero todo salta por los aires cuando Paige empieza a crecer y deben contarle la verdad, porque para ella todo sucede justo al revés: ella es la hija de un matrimonio que en realidad no lo es, y todas las dudas, los miedos y el dolor de esa niña que está aprendiendo a ser mujer van a forjarla, también, aunque de un modo que sus padres no deseaban.
En cada temporada tenemos una trama principal y muchas secundarias: todas nos muestran quiénes son Philip y Elizabeth y su evolución. En la primera temporada, matar no es más que un trámite para ellos, pero a medida que la serie avanza, su percepción va a ir cambiando. Es notable cómo Philiph lucha por salvar a Martha, la secretaria que trabaja en la oficina del FBI (a la que él engañará durante años, haciéndose pasar por su pareja y llegando a fingir casarse con ella para espiar a los americanos). Esta historia es desgarradora: Martha es una persona llena de luz, y saber cómo la va a destrozar no es ya un trámite para Phillip, quien hace todo lo que está en su mano para sacarla de Estados Unidos cuando es descubierta. En la primera temporada la habría matado, pero ya no, porque ya no es la misma persona. Elizabeth tiene una coraza más profunda, pero va cambiando, arrastrada por su marido: también ella lucha por salvar a Martha, aunque guiada por Phillip. Pero ese cambio, aunque mucho más lento, también está ahí.
Esta dualidad la vemos con claridad en la relación de Phillip con su vecino, Stan Beeman. Llega al barrio con su mujer y su hijo en la primera temporada y, casualmente, trabaja en el FBI (de hecho, en la oficina donde trabaja Martha). La pareja de espías tiene miedo de que sea una jugada de los americanos, pero cuando queda claro que no es más que una casualidad, no tienen más remedio que relacionarse con sus nuevos vecinos. Y esta relación es una constante en todas las temporadas. Son enemigos, sí, pero solo una parte lo sabe, y sin embargo aprecia a Beeman. Es más, la amistad entre Philip y Beeman llega a hacerse realmente profunda. Habrá momentos complicados, como cuando Paige empieza a salir con el hijo de Beeman: nuestra pareja sabe qué duro es vivir una mentira, y tienen miedo de que su hija termine contándole algo a su novio. Aunque Paige nos cae regular, no vamos a negarlo, nos compadecemos de su miseria: ¡menuda vida para una adolescente! Su apego a la religión y al pastor y su mujer no puede excusarse sin embargo en el descubrimiento de quiénes son sus padres: comienza antes. Cuando se va de la lengua y le cuenta al pastor que sus padres son espías rusos todos la odiamos, pero la serie nos obliga a parar, reflexionar y entender que es una adolescente, una niña a la que su mundo le acaba de reventar en las narices. Sí, Paige mete la pata hasta el fondo, ¿pero quién no lo habría hecho a su edad? Que el pastor y su mujer no sean asesinados es un buen ejemplo también de la evolución de los dos espías, y también de sus enlaces, como la aparentemente mujer sin sentimientos, Claudia, de las primeras temporadas, a la que vamos conociendo y, en cierto modo, entendiendo a medida que avanza la serie. The Americans nos lleva de vez en cuando al pasado de los protagonistas, durísimo, y nos permite ir conociéndolos más. Elizabeth vivía con su madre, a la que echa terriblemente de menos. En la tercera temporada, cuando la señora va a morir, Claudia organiza todo para que Elizabeth pueda ir a Alemania, donde reside, a decirle adiós. Y Elizabeth le propone a Paige que vaya con ella y conozca a su abuela. Esta trama es tristísima, la verdad, y la mirada alelada de Paige, sin entender nada, es de lo más reveladora.
Paige es un personaje de los que más evoluciona; de niña perdida buscando algo que dé sentido a su vida, que su intuición le dice que no es normal, tras volcarse en la religión cree descubrir su destino trabajando con sus padres y decide hacerse espía. Durante su formación vemos algunas de las pocas escenas entrañables de la serie, cuando van a comer a casa de Claudia y las dos espías le hablan a Paige de Rusia con nostalgia. También recibe clase de historia, como la realidad de que fue la URSS quien realmente acabó con la Guerra Mundial en Stalingrado, y no la heroicidad de los americanos, que siempre venden tan bien. Paige se siente realizada, parte de algo, y, pese a las muchas aristas de su madre («es un robot», como la define su hijo Henry), ver cómo intenta acercarse a ella es conmovedor. Elizabeth se resiste toda la serie a que su poderosa coraza se resquebraje, y aunque la vamos viendo astillarse poco a poco cada temporada, no será hasta la final en la que la veamos, por fin, sin ella.
Oleg Igorevich Burov, interpretado por Costa Ronin, es otro personaje clave en la serie. Si algo mola de The americans es que no es una serie antirrusa, como podría esperarse, sino que nos muestra con bastante ecuanimidad los dos lados de la vida del espionaje, el ruso y el norteamericano, y en ambos lados encontramos lo mismo: no hay ni buenos ni malos absolutos, solo personas con sus contradicciones a pesar de sus principios. Oleg llega a la Rezdentura (la oficina rusa en USA) cuando una de las tramas principales está en pleno desarrollo: en la primera temporada, Beeman conoce a Nina Sergeevna Krilova, una de las trabajadoras de la oficina rusa, y la tiene en su poder: con amenazas consigue convertirla en agente doble, pero todo se complica mucho cuando empiezan a follar. Beeman está casado, aunque su mujer está cansada de él (cosa totalmente comprensible, ya que nunca está en casa y cuando está no parece estarlo), y el agente del FBI vuelca en Nina todo el dolor que siente. Cuando Oleg llega a la Rezidentura, Nina ya ha confesado al jefe de la Rezidentura lo que ha estado haciendo para el FBI y le ofrece redimirse espiando a los americanos. Oleg y ella se enamoran, y Nina vive en la cuerda floja entre sus dos relaciones. Es realmente una víctima de este implacable juego de espías, y cuando Beeman le falla y es condenada a prisión y enviada a Rusia, se nos rompe el corazón. Este encarcelamiento convertirá sin embargo a Beeman y Oleg en una especie de colegas que lucharán juntos para liberarla. Cuando parecen haberlo conseguido, Nina es ejecutada. Qué escena, mimadriña, ¡qué escena! Qué brutal, qué fría, qué terrible… Nina es el paradigma de lo terrible de la vida que llevan todos los personajes: ver cómo la engañan para hacerle creer que podrá ser libre, exigiéndole una vez más que engañe a alguien (su compañera de celda), es una de las mejores muestras de lo que realmente eran esos espías: piezas insignificantes en una partida de ajedrez en manos de personas, a ambos lados, a quienes esas vidas resultan prescindibles.
Oleg, que es probablemente la persona más íntegra de la serie, se viene abajo cuando se entera de la muerte de Nina, que lo ha unido de una forma curiosa a Beeman: los dos la amaban, cada uno a su manera, y ambos pusieron a su patria por encima de ella y saben que son culpables de su muerte. Oleg llega a ayudar a los americanos cuando descubre un terrible plan ruso que costará miles de vidas: no es una traición, es la prueba de la profunda moralidad de ese ruso alto y divertido que no termina de encajar ni en USA ni en Rusia. Cuando decide volver a su país para acompañar a sus padres, ya mayores, la CIA intentará chantajearlo usando la cinta que grabó Beeman en la que Oleg le daba aquella información clave para detener una matanza. Y aquí vemos que Beeman, que ha jugado sucio muchas veces y ha sido capaz de ejecutar a sangre fría a un don nadie de la KGB tras el asesinato de su compañero, ha aprendido algo de Oleg: se niega en redondo a que se use esa información y amenaza con hacer pública su ejecución del agente ruso si siguen adelante. Cuando Oleg vuelve a USA y se encuentran, la relación ya está rota, pese a que Beeman le explica que paró la operación: la decepción de Oleg es muy grande, ya que Beeman grabó la conversación. Oleg ha dejado la KGB y llega a USA en la última temporada para ayudar a Gorbachov: sí, la última temporada es la que nos muestra la Perestroika y las luchas internas en Rusia entre los que están a favor de la apertura y los que no. En la temporada final, Philip, agotado de su vida de espía, decide dejarlo y dedicarse a la agencia de viajes, pero mantener un negocio sin la ayuda de la madre patria no es lo que él esperaba. Su mujer, mientras, recibe un encargo de Claudia que viene de los antiPerestroika, una misión brutal que ella acepta sin rechistar. Philip, por su parte, se reúne con Oleg, quien está al otro lado y le pide ayuda para parar a los detractores del cambio en Rusia: eso pasa por espiar a su mujer. Por primera vez en toda la serie, Philip y Elizabeth están en posiciones enfrentadas, y esto va a pasar una enorme factura a su relación.
Paige trabaja con su madre, y Philip intenta evitarlo pero no puede. Henry, que está en un internado y vive ajeno a todo esto, apenas tiene interés en la trama: sí que es destacable su relación con Beeman que es, podríamos decir, el padre que hubiese querido tener. Nuestros queridos espías tienen demasiado dolor guardado para ser buenos padres: es dolorosísimo ver como espectadores cuánto quieren a sus hijos y, sin embargo, cuántas veces pueden llegar a fallarles. Rusia siempre va primero.
En la temporada final, Paige ya trabaja como espía; es una universitaria que parece cabal pero que esconde un terrible dolor que a veces se le escapa, como cuando apaliza a los dos chavales en el bar (no por merecida la hostia es menos desmedida la reacción). Cuando falla, las broncas de su madre son tremendas: Elizabeth no puede mostrarle su preocupación de una manera sana, es desgarrador, solo la muestra así, a berridos. Philip sí que es capaz de mostrar ese amor a toda su familia, y una vez liberado del yugo de la KGB vamos a verlo intentar luchar por sus cachorros, pero Elizabeth es demasiada Elizabeth y suele imponer su criterio.
La temporada final me parece maravillosa para cerrar esta serie, especialmente el capítulo final. Todas sabíamos que Beeman, tarde o temprano, iba a descubrir la verdad de sus amigos, pero ahora, después de tantos años, los quiere: la escena del aparcamiento donde se enfrenta a Philip, Elizabeth y Page, que se saben descubiertos y van a huir, es desgarradora. Todo el dolor de saber que ha sido engañado por alguien que quiere tanto como Philip se nos muestra en su mirada derrotada, pero ese amor le va a permitir dejarlos escapar y aceptar cuidar a Henry. Porque sí, Philip y Elizabeth no van a morir, como temimos tantas veces, pero se van a ir solos, como han llegado: tendrán que dejar atrás a Henry, porque llevárselo a Rusia le destrozaría, y ese sacrificio es la mejor prueba de amor por su hijo que pueden dar. Paige se sube con ellos al tren rumbo a Canadá, pero antes de cruzar la frontera se baja: qué dolorosas esas miradas mientras ella los ve marcharse desde el andén. Philip y Elizabeth han perdido todo lo importante en su cruzada antiamericana, y la escena final, mirando su país natal sin apenas reconocerlo, es poética.
La temporada final cierra todas las tramas: volvemos a ver a Martha, ahora viviendo en Rusia y a punto de adoptar una niña. Se lo merecía: es la mejor persona de la serie. Pero también dejamos a Oleg en prisión en EEUU, y él no se merecía ese final: su mujer y su hijo se han quedado en Rusia, y su entrega por la paz se merecía un final justo, pero los guionistas quieren dejarnos claro que nada era un juego, sino una partida con las cartas bien marcadas. Sí, es verdad, ninguno muere, pero no nos engañemos: casi han muerto por dentro. La única muestra de generosidad con los personajes se la lleva Elizabeth: ha sido un robot casi toda la serie, y en la última temporada se ha posicionado contra su marido y el gobierno ruso, pero en el arco final se redime. Nos cuesta perdonarla: acaba de matar a una pareja delante de su hijo pequeño, pero sabemos que lo haremos. Lo que no tenemos tan claro es si ella podrá perdonarse a sí misma.
