«Saltburn» (2023).  Emerald Fennell.

«Saltburn» (2023).  Emerald Fennell.

Información.

Film Affinity

Tipo: Drama, thriller.

Dónde verla: Prime.


Creo que con Saltburn no hay medias tintas: es una de esas películas que o bien te fascina o bien te espanta. La directora Emerald Fennell no escatima escenas bizarras como la de la bañera y el semen al espectador, y lo más suave que puedo decir de Saltburn es que es de una brutalidad exquisita. Sí, soy del grupo a quien les ha fascinado.

Como si de un moderno y desatado Ripley se tratase, Oliver Quick (fantásticamente interpretado por Barry Keoghan), intenta encajar en Oxford entre la clase alta británica. Su víctima será Felix Catton (un deslumbrante Jacob Elordi), que es rico, riquísimo, pero que tiene una pátina de dignidad que lo hace enormemente atractivo. Oliver le cuenta unos cuantos dramas, como que sus padres tienen problemas de drogas y de salud mental, y poco más hace falta para que Catton se sienta obligado a «cuidarlo». Cuando Oliver le cuenta que su padre acaba de morir, Felix decide invitarlo a pasar el verano en la finca familiar, Saltburn.

Oliver va a conocer a toda la familia de Felix: a su madre, Lady Elspeth (Rosamund Pike está perfecta, como siempre), a su padre, Sir James, a su hermana Venetia y a un primo de Estados Unidos, James Farleigh. Oliver es como un parásito, y como tal sabe acoplarse perfectamente a su huésped: pronto se gana a toda la familia, pero nosotras, como espectadoras, vemos al otro Oliver, al que cada vez está más obsesionado con Felix (hasta el punto de hacer lo que hace en la bañera). Eso no le impide liarse con Venetia, pero cuando Farleigh los pilla y se chiva a Felix, Oliver le quita importancia a lo que ha pasado y Felix, aunque ya con la mosca detrás de la oreja, parece aceptar su versión. El primo americano no sabe bien lo que ha hecho, pero lo descubrirá pronto: el parásito va a abusar de él y a amenazarlo con terminar con su lujosa vida. Cuando la familia lo expulsa de Saltburn tras recibir un aviso de una casa de subastas en la que, supuestamente, Farleigh iba a vender objetos familiares, a nosotras nos queda claro que Quick es un enemigo muy chungo.

Más va a sufrir Felix la ira de su parásito: tras descubrir que le ha mentido, que sus padres no tienen problemas mentales y que su padre está vivo, le dice que, tras la fiesta de cumpleaños que su madre ha organizado para Oliver, debe desaparecer de sus vidas. Y esa buena educación británica (prefiere mantener la fiesta a causar un escándalo) le va a costar cara: Felix aparece muerto en el precioso laberinto de setos de Saltburn, y Quick riza todos los rizos posibles culpando ante Elsbeth al primo americano de haberle dado drogas a Felix.

Lo más escalofriante de Oliver es que su plan maestro es de una frialdad apabullante: sabe que le llevará años culminarlo, pero, cuando lo consigue, nos regala un pedazo de escena, bailando desnudo por Saltburn al fantástico ritmo de Murder on the Dancefloor. Es un final perfecto: Oliver ha convertido Saltburn en su pista y a sus habitantes en sus compañeros de baile, ha marcado el ritmo y todos lo han seguido. Ahora, dueño de la mansión y de una enorme fortuna, ¡claro que baila, cómo no va a bailar este psicópata!

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