Temporadas: 1
Terminada: Sí.
Tipo: Adolescentes drama.
Dónde verla: HBO.
¿Qué haría una mujer feminista que ha gritado tantas veces «Hermana, yo sí te creo» si fuese su hijo adolescente el acusado de agresión sexual? Esta fue una de las preguntas que se hizo Leticia Dolera para crear esta serie, que dirige y protagoniza. Pero, una vez que la terminas, todo ese cuestionamiento pasa a segundo plano, pues el objetivo de Pubertat es hablarnos de la justicia restaurativa. Y yo, lamentablemente, no tengo nada claro que sea adecuada en casos de abuso sexual: en la serie se plantea que los depredadores, los mejores amigos de la víctima, pueden redimirse, y no dudo que haya muchos casos así, pero, en líneas generales, lo dudo mucho. Leticia nos plantea de manera muy inteligente que si esos comportamientos se detectan y atajan a edades tempranas pueden corregirse, y en eso estoy, con matices, de acuerdo. ¿Pero funciona para un depredador sexual adulto? Lo dudo muchísimo; de hecho, lo que no dudo es que muchos habrán fingido arrepentirse para evitar la cárcel. Lo siento, Leticia, soy mucho menos optimista que tú con la especie humana. En Pubertat todo gira alrededor del poder de la comunidad, de su fuerza redentora y, de nuevo, me encontré viendo ese capítulo final de la serie con todo mi cinismo asomando. No, no creo que el poder de la comunidad cure, al menos no en estos tiempos de redes sociales, de polarización y del odio por el diferente. Así que me he quedado con una sensación agridulce con esta serie, que, vaya por delante, me parece excelente. La dicotomía la tengo en que, hasta el último capítulo, me encantó: la directora desarrolla de manera brillante las sensaciones de la adolescente agredida, Manu, su sentimiento de culpa, su dolor. También desgrana con mucho acierto el autoanálisis de los dos agresores, hasta que llegan a entender que han hecho algo terrible. Los comportamientos de los adultos son también un certero estudio de nuestra sociedad, con esos padres hiperprotectores o hipercontroladores que nos muestra la serie, según el crío, y, sobre todo, con su ceguera ante el despertar sexual de sus hijos, que, sin que ellos siquiera lo sospechen, ven porno desde muy pequeños.Pero el capítulo final, centrado en la justicia restaurativa, no me gustó, por los motivos que he expuesto antes.
Júlia Esparver es una prestigiosa escritora feminista que, como nos pasa a todas las feministas, vive luchando. En el primer capítulo vemos el hastío que sus reivindicaciones causan en su familia, especialmente en su padre, un tirano machista y narcisista de manual, pero también en su hermano y su cuñada. Cada noche, su hijo, Roger, le entrega el móvil y ella lo revisa, ante el estupor de Estel, su cuñada. Júlia intenta educar a su hijo en igualdad, y dialoga con él sobre todo, o eso cree ella: en realidad, su comportamiento es absolutamente controlador, y deberá aprender a confiar en su hijo, como vemos en el penúltimo capítulo.
Su familia tiene una larga tradición en una colla castellera (los castells son una gran metáfora durante toda la serie), la ficticia Menuts de Santa Vènia, y el sobrino de Júlia, Pol, es uno de los adolescentes que participa en los castells. Su padre, presidente de la colla, mueve hilos sin cortarse si considera que su hijo necesita más protagonismo, y aquí aparecen claras las críticas de Dolera: la sobreprotección de los menores, tanto la suya como la de su hermano, aunque sean tan diferentes. La directora no juzga, ojo: nos muestra los hechos de manera tremendamente objetiva, para que seamos las espectadoras quienes detectemos esa sobreprotección. Es uno de los grandes aciertos de la miniserie, esa manera de narrar sin juzgar, obligándonos a tomar posiciones.
Los primeros capítulos transcurren de manera morosa, casi lentos: Dolera quiere mostrarnos todos los filos antes de que se haga público que, durante la noche de San Juan, se produjo, supuestamente, una agresión sexual a una niña a manos de tres chavales, los cuatro pertenecientes a la colla. Tienen 13-14 años: el estupor de los padres y miembros del grupo de castells es abrumadora: esa sesión donde hablan del tema es una obra maestra: el choque entre los padres de Pol, el único imputable porque ya tiene los 14, y los otros, que aún tienen 13, es brutal. Estel (qué magnífica interpretación de Betsy Túrnez), desgarrada, suplica al grupo que no denuncie, porque su hijo podría ir a la cárcel. Es despreciable cuando enseña los vídeos de la cuenta privada de la niña, solo le falta llamarla puta, pero, una vez más, la delicada mirada de Dolera nos impide juzgarla: nos obliga a ponernos en su lugar.
Júlia, que se encuentra desbordada por sus propias contradicciones, está callada por primera vez en esa reunión: se siente una hipócrita porque esta vez no cree a la víctima, como le recuerda una de las adolescentes de la colla, precisamente la que lanza la bomba al publicar un vídeo en redes sociales denunciando la agresión. El tercer niño implicado, de familia inmigrante, nos pone frente al espejo del racismo, sin concesiones. Pero también ante la intransigencia de una madre negándose a creer que su hijo haya podido hacer algo semejante, pese a que el padre intenta que hablen para averiguar la verdad. El racismo, el clasismo, tiene su crítica en el intento de soborno del hermano de Júlia, que ofrece trabajo al padre de Steven, Daniel Medina, a cambio de que su hijo, no imputable, diga que fue él quien abusó de Manu. Tremendo. Y tremendo que Daniel se lo plantee, porque está desesperado.
Tras los tres primeros capítulos, de exposición, en los tres últimos se va a ir desgranando la verdad viéndolo desde el otro lado, el de los críos. En los primeros, Dolera analiza la reacción de los adultos, pero en los últimos vamos a ver qué sucedió. Y, de nuevo, nos enfrentamos a una realidad incómoda: niños y niñas formados por la pornografía viviendo sus primeros escarceos sexuales sin preparación. Son niños y niñas, sí, pero están aprendiendo a ser adultos, y la ceguera de sus padres a creerlo es tozuda.
Delicadísima es la manera de contarnos lo que siente Manu: cómo va recordando la agresión sexual y cómo lidia con ese malestar que siente desde aquella noche, aun sin poder identificar al principio por qué. Es brutal la doble visión de la escena del castell en la Diada, que vemos en los primeros capítulos desde el punto de vista adulto, con la caída por un aparente fallo, mientras que en la versión de Manu vemos cómo, al sentirse tocada por sus hasta ahora amigos sufre un ataque de pánico, provocando la caída. También es muy relevante el papel de Lucía, que sospecha desde el primer momento que Manu ha sido agredida sexualmente (porque reconoce los síntomas, como veremos en el quinto capítulo) e intenta ayudarla, aunque de manera muy torpe.
Es relevante también la metamorfosis de Júlia, que se ve obligada a revisarse a sí misma y su relación con su hijo. Sus contradicciones, en las que ha intentado no reparar, se hacen muy patentes ante lo que le ha pasado a Manu: ella tiene una relación con un amigo de su padre, un hombre mayor en el que, como tenemos claro desde el minuto uno, ella busca la seguridad y el amor que su padre, un déspota, nunca le dio. «¿Pero qué buscabas tú en una niña de 17 años a los 40 y pico?», le pregunta Júlia al final de la serie, cuando por fin se atreve a juzgarse a sí misma. Ha tardado tres décadas en hacerse esa pregunta, porque, pese a ser una activista feminista -y este mensaje me parece importantísimo- lo que más nos cuesta es precisamente reconocer y asumir esos comportamientos que hemos asumido como habituales.
Una gran serie, sin duda, que nos obliga a hacernos preguntas: a mí, por ejemplo, me está haciendo pensar mucho sobre justicia restaurativa.
