Tipo: Drama.
Dónde verla: Prime.
Hacía mucho que no veía en una película semejante derroche de pedantería: es de tal magnitud que me costó terminarla. Sí, todos los protagonistas son listísimos profesores de Yale o sus pares, pero no necesitamos que nos lo recuerden cada dos escenas con esas conversaciones llenas de citas de filósofos y ese vocabulario rebuscado y alejado de la realidad. El derroche de intelectualidad diluye lo que es un excelente planteamiento: el director pretende hacernos reflexionar sobre las contradicciones de nuestra sociedad, en la que una acusación sin juicio puede suponer el linchamiento social y la cancelación de cualquiera. Vale, hasta ahí creo que estamos todas de acuerdo: las cosas se nos han ido de las manos. Pero para obligarnos a reflexionar, Guadagnino llena la película de seres insoportablemente pedantes, y la convierte en un soporífero ejercicio de crítica social. Que odiemos a todos los protagonistas es, evidentemente, el objetivo del director, pero se esfuerza tanto en conseguirlo que la trama se diluye entre tanta memez. La película se sostiene, sin embargo, gracias a las fantásticas interpretaciones de Julia Roberts, Ayo Edebiri y Andrew Garfield. Es especialmente buena la de Julia Roberts, muy alejada de su papel habitual de novia de América de sonrisa radiante: en After the Hunt es una mujer gélida, áspera y profundamente egoísta a la que logramos detestar, lo que nos da una idea del gran trabajo de la actriz.
La trama se centra en la acusación de una estudiante estrella, Maggie, de que un profesor, Henrick, ha abusado sexualmente de ella. Aquí empiezo a no creerme la cosa: negra, con pareja no binaria, mujer… ¿le podemos calzar alguna minoría más a la chavala para hacerla más woke? Para que no parezca una víctima, el director elimina la historia de superación que esperaríamos y nos presenta a una chica de una familia riquísima, tan rica que ha donado muchísimo dinero a Yale, y que, lejos de ser tan brillante como pretende, ha plagiado gran parte de su tesis. Es francamente odiosa, y aquí tenemos el primer planteamiento para hacernos reflexionar, con el que estoy de acuerdo: las víctimas no tienen que presentarse como seres destrozados, pueden tener una vida «normal» y ser víctimas igualmente. Henrick, el brillante profesor, ve cómo su vida entera se derrumba tras la acusación: pierde su trabajo y el mundo académico le da la espalda. Es muy interesante aquí su relación con Alma (Julia Roberts), pues ambos, aunque se declaran amigos del alma, compiten por el mismo puesto en Yale, y aunque ella intenta parecer justa, en el fondo está bastante claro que va a aprovechar la caída de su amigo en su propio beneficio. Henrick es también un personaje detestable, de moralidad más que dudosa, que usa el plagio de Maggie como prueba de que miente.
En la parte inicial de la película, durante la fiesta que Alma y su marido Frederick dan en su casa, Maggie encuentra sin querer un sobre escondido en un baño en el que vemos la foto de un hombre, recortes de periódico y un recuerdo. No vamos a saber hasta el final de qué se trata: Alma, que está enferma, tiene una recaída e ingresa en el hospital, y allí le contará a su marido ese terrible hecho de su pasado. Su visión es que ella, siendo una adolescente, se enamoró del mejor amigo de su padre y lo persiguió hasta tener una relación con él. Cuando él la abandona, lo denuncia por abuso sexual para destrozar su vida y lo logra: él terminará suicidándose. Su marido intenta que entienda que ella era una víctima, que ningún adulto puede ceder ante una niña de 14-15 años por mucho que ella insista, pero ella se niega a aceptarse como víctima. Es otro interesantísimo tema que plantea la película para hacernos reflexionar, y es precisamente esa tendencia social de considerar a una adolescente culpable en una relación de este tipo, cuando el culpable, SIEMPRE, es el adulto. Ninguna chavala de 15 años puede manipular a un hombre adulto que no sea un pederasta. No hay más. Pero la reticencia de Alma a culpar a ese hombre es tozuda y reveladora.
Son también potentes las escenas de Alma y Maggie: las dos son chungas, las dos son víctimas -presuntamente- y, sin embargo, el director quiere que las detestemos; quiere que no creamos a Maggie, por eso la despoja de la pátina tradicional de víctima para convertirla en una depredadora, emulando a su mentora, a la que idolatra.
No es esta una película hecha para darnos respuestas: no vamos a saber si Maggie decía la verdad o no. El final nos lleva a una escena cinco años después en la que Alma es decana en Yale, ha contado su historia de adolescencia para asumir su culpa y Henrick tiene otro trabajo y parece haber dejado atrás el pasado. El reencuentro entre Maggie y Alma intenta ser una escena brillante, pero de nuevo se diluye entre tantísima pedantería.
Una lástima, francamente, porque me parece que la invitación a reflexionar del director es necesaria: estamos tan polarizados que se está perdiendo la capacidad de debatir y argumentar. Pero la película se toma tan en serio a sí misma que ni las fantásticas interpretaciones ni las excepcionales fotografía y composición la salvan de ser lo que es: un coñazo.
