«Mad men» (2007-2015).

«Mad men» (2007-2015).

Temporadas: 7

Finalizada: sí.

Información.

Filmaffinity.

Tipo: Drama.

Dónde verla: Netflix.


Mad Men es una de mis series favoritas, una serie brillante y única, sostenida casi al 80 % por la figura de Don Draper, ya un personaje mítico. La trama nos lleva a la década de los 60 hasta la agencia de publicidad Sterling Cooper, en New York, donde los mad men (término que procede de los publicistas que trabajaban en los 50 en Madison Avenue para referirse a sí mismos, según explican en el primer episodio de la serie) buscan sorprender a sus clientes con sus campañas. Don Draper es el mejor, y en su equipo de creativos están varios jóvenes creativos, como el ladino Peter. Peggy Olson empieza a trabajar como secretaria de Don, a las órdenes de Joan, una despampanante pelirroja que usa sin pudor su atractivo para conseguir lo que desea. Mad men tiene una línea argumental fascinante centrada en el nacimiento y consolidación de la publicidad como una de las fuerzas más poderosas del mundo moderno. Asistir al proceso creativo es apasionante: ver cómo surgen las ideas, cómo se pulen, cómo se manipula y, sobre todo, ver esas presentaciones que hacen los creativos a los clientes es historia pura. Pero la otra trama no menos relevante son las relaciones entre hombres y mujeres, marcadas por un machismo más allá de la toxicidad. Que Peggy logre ascender y llegar a escritora creativa es un logro incomensurable, pero todo a lo que tendrá que renunciar por ello también lo es.

Durante siete temporadas, Don Draper nos guía por sus luces y sus sombras. Comenzamos la serie conociéndolo casado y con dos hijos, aunque su mujer, Betty, es hija de su tiempo y se debate entre los roles tradicionales y un ansia de volar que le pasará factura. El matrimonio, en ese entorno, es totalmente tradicional: las mujeres en casa y los hombres trabajando, poniéndoles los cuernos cuando quieren. Cuando Don se divorcia y se casa con su segunda secretaria, Megan, mucho más joven, el mundo está cambiando para las mujeres, y, aunque con muchas ataduras todavía, ella es muchísimo más libre que Betty, y Don no sabe manejar bien esa nueva situación. Es para mí una de las mejores cosas de la serie, cómo nos muestra el sexismo, que es asfixiante, y que, si eres mujer, te produce un dolor casi físico. El lapidario pragmatismo de Joan, con un físico que casi la obliga a jugar las cartas que tiene, es el contrapunto a esa Peggy siempre estresada, siempre con una respuesta mordaz en los labios, y muestran dos tipos de mujer que tenían que convivir y hasta ayudarse muchas veces pese a no entenderse. De hecho, cada una tiene el final que quiere: Joan rica y libre y Peggy admirada y con un hombre que la acepta como es.

Don, que, como descubrimos a medida que avanza la serie, tiene un pasado turbio, lucha constantemente por mantenerse dentro de los límites del personaje que ha creado, pero no le resulta sencillo. Sterling, uno de los socios iniciales de la empresa, mujeriego y con el desenfadado encanto que regala la riqueza, es un personaje clave en la serie, el reflejo de un tipo de masculinidad que ha sabido mantenerse pese a las revoluciones feministas, porque, pese a todo, es el dinero lo que sigue moviendo el mundo. Es un personaje redondo, que nos despierta simpatía pese a ser despreciable. En el arco final de la serie, una mujer por fin de su edad lo conquista: Sterling se ha cansado de picar de flor en flor y se redime, de alguna manera, aceptando lo que se negaba a aceptar: que necesita una igual, no un trofeo.

El final de Mad men es brillante, con ese Don caído en desgracia, arrastrándose, que se mete en esa clase de yoga que, de repente, se corta con su cara plena de felicidad para mostrarnos el anuncio más mítico de la historia: el de Coca Cola de los 70. Aunque el final está abierto a interpretaciones, parece indicarnos que Don volverá a reinventarse, y con ese anuncio volverá a lo más alto de la cadena publicitaria. Don está ahí en su elemento, rodeado de extraños, porque a él no le sienta bien la proximidad: él es grande, brillante, cuando tiene que seducir a desconocidos, y, en esa metáfora del final, está todo Draper, ese hombre que no es capaz de sentirse cercano a nadie, porque ni siquiera se gusta a sí mismo.

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