«Los Soprano» (1999-2007).

«Los Soprano» (1999-2007).

Temporadas: 6.

Finalizada: sí.

Página oficial.

Filmaffinity.

Tipo: Mafia, crimen, drama.

Dónde verla: HBO Max.


Cada una de nosotras tiene un olimpo con las películas y series de su vida. La serie de mi vida es, sin duda, Los Soprano. La mejor serie de la historia. Da igual que no te gusten «las de mafiosos»: Los Soprano no es (solo) una serie de mafiosos. Es una comedia negra, un drama violento, una historia de una familia pero, sobre todo, es Tony Soprano, un personaje lleno de matices y de contradicciones, al que empezamos mirando con desdén para, poco a poco, reconocer que amamos sin remedio.

La serie nos lleva a New Jersey, donde Los Soprano reinan en el submundo desde la tapadera de las corruptas contratas de recogida de basura. La primera temporada nos muestra a un mafioso deprimido, que decide ir, en secreto, a una psiquiatra, italiana, por supuesto. Y este punto de partida es ya un puñetazo en la mesa: ¡eh, no vamos a ser la típica serie de la mafia! Tony Soprano tiene una familia extensa y asfixiante, desde la madre, terrible, al tío, igual de terrible aunque disfrazado de buen chaval, pasando por su mujer, Carmela, y sus dos hijos. ¡Qué tarea tienen todos!

A diferencia de la mayor parte de las series que verás, cada temporada de Los Soprano es mejor que la anterior, es un prodigio de guiones, interpretaciones de actores en estado de gracia y de dirección. Cada plano parece cine. Durante sus seis temporadas no nos escatima violencia: aquí nadie está a salvo de palmarla, pero también nos dibuja a los personajes principales y a muchos secundarios: los define, intentando que entremos en su cabeza y podamos intentar entender cómo son y por qué son así.

El final, en mi opinión, es una obra maestra: Los Soprano tenía que terminar así, igual de contradictoria que fue durante todas las temporadas. Un final abierto, deslumbrante, que provocó encendidos debates y al que cada una dimos una interpretación. Sublime.

Pero vayamos temporada a temporada. En la primera conocemos a Tony y vamos a ver cómo conviven en él dos hombres muy diferentes: el que se emociona hasta las lágrimas cuando una familia de patos anida en su piscina y el que aprieta el gatillo sin remordimientos cuando alguien le falla; el que intenta ser un buen padre pese a la violencia en la que vive y el que no siente remordimientos por ser infiel a su mujer. Es machista, como corresponde en un mafioso italiano, pero si en algo es democrático Tony Soprano es en tratar con la misma dureza o la misma ternura, según corresponda, a mujeres y hombres. En esto también se enfrenta a los cambios de su tiempo: su hija Meadow es independiente, feminista y no tiene reparos en cuestionarlo todo, aunque ofenda a sus padres. También es reveladora en esto Adriana, uno de los personajes más brillantes de Los Soprano: la conocemos siendo ya la novia de Chris, el sobrino de Tony, que intenta medrar en la cadena de mando. Él intenta tratarla como sus mayores tratan a sus esposas, pero ella no se lo va a permitir: «¿Qué quieres, que sea como Carmela Soprano, encerrada en casa saliendo solo para ir al gimnasio?», le espeta en uno de los episodios, tras conocer a un mafiosillo negro del mundo de la música (en aquel entonces, a punto de terminar el siglo XX, era un negocio tremendo) y tratar de «venderle» a una banda que ella conoce, soñando con ser productora musical. Pero Adriana sigue inmersa en un mundo profundamente machista y misógino: ya vemos en esta primera temporada todos los abusos que soporta de su drogadicto novio. O cómo, aunque ella cree que es por su talento, el productor musical solo está interesado en ligársela, y cuando Chris le lanza esta obviedad como un dardo, ella se siente profundamente herida. Es quizá, con Tony, el único personaje que vive con tantas contradicciones.

El equipo de Tony es como un pelotón de soldados: fieles, no cuestionan órdenes y algunos, francamente, usan la cabeza para todo menos para pensar. Pussy, Silvio, y Paulie son su núcleo duro, sus amigos del alma. Por eso, cuando el policía corrupto al que Tony tiene en nómina (y que terminará suicidándose por su propia corrupción) le revela que Pussy está hablando con el FBI, se derrumba. «¡Tenemos que estar totalmente seguros!», exhorta a Paulie al encargarle que se lo cargue si lleva un micro. Solo si ves el micro puedes matarlo, es el mensaje, porque Tony no puede creerse esa traición. La rata parece ser otro… y se hacen cargo de él sin contemplaciones: en su mundo no hay segundas oportunidades. Mención aparte merece el sobrino de Tony, Christopher, que es un auténtico botarate. Su evolución en la primera temporada es sin embargo enorme: empieza haciendo robos chanchulleros con su mejor amigo, pero una metida de pata les lleva a oídos de Junior, quien ordena matar al compañero de Chris. Esa escena cuando Adriana lo encuentra muerto en la bañera y Chris corre al escucharla gritar es desgarradora. Pero Chris es casi un sociópata, o sin el casi: se ha criado viendo muerte, violencia y ha crecido guiándose por el estricto código mafioso de su familia. Así que mata sin remordimientos, pero siempre fiel a su carácter, nunca con frialdad: es un personaje en constante peligro de explosión, tiene un temperamento terrible, como sabe bien su novia. En la primera temporada vamos a ver, además, cómo crece su adicción a las drogas, que será clave en el desarrollo de la serie.

La serie comienza con un Tony acojonado por sus ataques de ansiedad, tanto que decide hacer caso a su médico y pedir cita con una psiquiatra. Este viaje es la clave de esta serie, porque nos muestra un mundo que está cambiando, también entre la mafia, en el que los capos ya no son hombres duros sin sentimientos como los de las películas de los años 50 del siglo pasado, sino hombres como Tony, que aman a su familia pero tienen una vida ajena a ella en la que la violencia es extrema, y esta dicotomía les pasa factura. A Tony le aterra que alguien descubra que visita a una psiquiatra: es un estigma de tal calibre que cree que podría costarle hasta la vida. Esta primera temporada es un pulso entre el interior y el exterior de Tony Soprano y entre Tony Soprano y su familia mafiosa. Para empezar están su madre, Livia, y su tío, Junior. La madre, una figura tremendamente tóxica, nunca ha mostrado afecto hacia su hijo, y esa fría distancia, esa violencia verbal con la que se ha criado han dejado su poso en Tony, pero es evidente que él trata de ser mejor con sus hijos. La madre, en esta primera temporada, comienza a sufrir síntomas de demencia senil o alzheimer y, dado que se niega a vivir con su hijo y su familia, no queda más remedio que buscarle una residencia. El chantaje emocional al que somete a su hijo es más demencial que su estado. En la residencia recibe asiduas visitas de su cuñado, el tío Junior, y entre ambos tejen una red de traiciones a Tony en la que ella juega a hacer que no se entera y él a fingir que es ella quien manda. El desenlace es atroz: Junior ordena matar a su sobrino tras revelarle su cuñada que se reúne con los capitanes de otras divisiones en la residencia donde ella vive. Sí, es verdad: Tony es quien manda, pero, consciente de las ínfulas de su anciano y megalómano tío, decide entregarle el liderato -aparente- tras la muerte de Jackie Aprile, el capo, a causa de un cáncer. Esta farsa es evidente para todos menos para el tío Junior, que tiene un ego desmedido. Es muy revelador de este mundo en el que están inmersos ese romance que el viejo capo tiene con una mujer a la que come el coño a menudo pero a quien exige que no se lo cuente a nadie: «en nuestro mundo, si comes coño significa que también comes de lo otro», viene a decirle. Y cuando ella, inocentemente, lo cotillea y llega a oídos de su equipo, él la deja sin dudarlo, pese a quererla, como queda claro cuando sale de la oficina y se derrumba. Por momentos, más que hombres parecen personajes interpretando el papel de hombres, y esto, en realidad, es uno de los grandes aciertos de esta serie: mostrarnos ese mundo que ya no es el de la mafia de las películas que nuestros personajes quieren salvar, aunque su derrumbe es irremediable. El siglo de la tecnología está a punto de llegar, y el crimen organizado va a cambiar de modo drástico, aunque a nuestros personajes les cueste aceptarlo y se enroquen en esos papeles de gangster de los años 50 que ya no tienen sentido.

El final de la primera temporada, con la familia cenando junta, abre el círculo que cerrará el capítulo final de la serie, pero para eso aún falta mucho. Ahora empezamos la segunda temporada con Tony (tras sobrevivir al intento de asesinato orquestado entre su madre y su tío, que está en prisión tras ser detenido al final de la primera temporada) más fuerte que nunca: es el líder indiscutible de la familia mafiosa. No se habla con su madre, que vive ingresada tras sufrir un ataque, y todo parece ir bien… pero no es cierto: vuelve a tener un ataque de los suyos, y lo malo es que ahora su psiquiatra no quiere saber nada de él. Normal, ¿no? Casi la agrede en la primera temporada cuando ella le insinúa que su madre puede estar implicada en su intento de asesinato (él se vuelve loco, se niega a aceptarlo) y, por si esto fuera poco, tiene que dejar su consulta y su casa porque su relación con Tony la ha puesto en peligro. Soprano la llama para decirle que puede volver a casa y también va a buscarla mientras desayuna, pero ella le dice que no quiere saber nada más de él y que se busque la vida. Tony, ¡vamos!, ¿cómo va a volver a tratarte?

En la segunda temporada aparece también un personaje clave en la serie, una de las hermanas de Tony, Janice, la mayor (la menor aparece en un capítulo en la comida familiar que organiza Carmela tras el regreso de Janice, pero no es importante en la trama). No tiene donde caerse muerta y, al descubrir que Tony va a vender la casa de su madre, va a maniobrar para quedársela: para ello tiene que sacar a su madre de la residencia y vivir con ella. La relación tan tóxica que tiene Livia con todos sus hijos es brutal: Janice tiene que tragar mucha mierda para alcanzar su objetivo, que es evitar que su hermano venda la casa y mudarse allí con su madre. Janice es un puto cuadro: una jipi trasnochada que intenta escapar de la soledad que siente enganchándose a todo lo que le sale al paso. Y ahora le toca liarse con Richie, el hermano de Jackie Aprile, el fallecido capo de la familia mafiosa. Richie acaba de salir de la cárcel y no es, ni de lejos, tan guay como su hermano. Es un puñetero tarado que va a complicar mucho el liderato de Tony.

El machismo que destilan los hombres de esta serie es brutal, no hay concesiones: la escena en la que Richie le dice a Chris que si vuelve a pegar a su sobrina Adriana lo mata, para explicarle que si quiere darle hostias tiene que casarse con ella, es tremenda. Es curioso que Tony, que solo usa la violencia cuando es estrictamente necesario y que nunca pegaría a Carmela, se inhiba totalmente en estas conversaciones (y hay muchas en la serie). Es parte de esa dualidad del personaje, que lucha contra sus buenos instintos porque no se los puede permitir en ese entorno. En este sentido es muy reveladora la escena de la primera temporada en la que, borracho perdido, le grita exultante a Carmela: ¡no he hecho daño a nadie! Tras descubrir que el entrenador de fútbol se acostó con una de las chicas del equipo, los hombres deciden vengarse, evidentemente, dándole una paliza tremenda al interfecto, incluso su amigo Artie (el chef, el único amigo de Tony que no está en la mafia) enfurece y quiere unirse al linchamiento. Pero cuando se le pasa el calentón y vuelve a razonar, le explica a Tony que no pueden tomarse la justicia por su mano, que deben denunciarlo: nuestro mafioso le responde que saldrá de la cárcel en pocos años y volverá a hacérselo a otra niña, pero Artie no cede. Al final, Tony cancela la agresión, se emborracha y es cuando nos regala esa escena, rodando por los suelos de su casa, gritando feliz porque no ha agredido al entrenador, que finalmente es detenido. Puro cine.

En la segunda temporada seguimos viendo a Chris dar tumbos, y ahora le toca el mundo del cine. Escribe un guion y decide hacer un curso de actor, ante el entusiasta apoyo de Adriana. Es alucinante cómo ella, una mujer cañón e inteligente, se autosubyuga para ser menos y apoyar a «su hombre» a toda costa. Esta serie revela tanto del patriarcado que debería ser un manual de cómo detectarlo y evitarlo. Chris la caga siempre, pero ella, aunque sabemos que ve lo que nosotros vemos porque a veces estalla, sigue a su lado, con una fe inquebrantable en él. Entre los tumbos que dará su relación en esta temporada es clave el capítulo D-Girl, cuando viene de visita a New York un primo de Chris que vive en LA y trabaja en el mundo del cine; con él viaja su novia, también metida en el mundillo. El cameo de John Favreau, aún sin ser todavía lo famoso que va a ser en pocos años, es genial: Chris, que ya sabemos que tiene pocas luces, se viene arriba en sus encuentros con la novia de su primo y favreau, largando de todo, y no se da cuenta de que lo están utilizando. Hasta cuando se acuesta con la novia de su primo está siendo utilizado, pero cuando se da cuenta es muy tarde. Es el sino de Chris, llegar tarde a todo. Todas estas mierdas le cuestan su relación con Adriana, que lo deja y se refugia en casa de su madre. La escena en la que va a buscarla con un anillo de compromiso es el paradigma del mundo en el que vive: Adriana lo perdona, porque, pese a creerse una mujer independiente, vive sujeta a las férreas reglas de su entorno, y sabe que, una vez casados, todo está atado y bien atado: los católicos no se divorcian en su galaxia. Y la escena en la que Chris se chulea ante los mafiosos diciendo que se casa con ella «porque me ama y está en edad de procrear» es otro paradigma de estos mafiosos trasnochados: pese a tratarla como a una mierda, Chris ama a Adriana, pero le cuesta tanto reconocerlo ante los demás como ante sí mismo. Todos comparten ese rollo chulesco de fingir ante los demás que sus mujeres son un coñazo, pero cuando llega el momento de la verdad todos anteponen a esa familia que tachan de «carga» a la familia mafiosa: Pussy es el mejor ejemplo. Sí, es el chivato, y lleva un micro para el FBI, porque quiere proteger a su familia, pero el dolor que siente ante tamaña traición es muy profundo. Hay varias escenas en la que ese dolor es muy patente, como cuando intenta hacer entender a Antony qué gran hombre es su padre. Pero su destino está decidido, en el final de esta temporada será ejecutado.

Los hijos de Tony han crecido en esta segunda temporada. Antony, un niño en la primera, empezando a descubrir a qué se dedica su padre, ya es un adolescente, y Meadow, bastante más lista que él (ya sabe en la primera temporada a qué se dedica su padre, pero, aun así, la escena en el coche donde Tony se lo explica es la caña, y nos enseña de nuevo a ese Tony que quiere ser distinto a sus padres), ya con un pie en la Universidad, comienza a liarlas pardas. Nos regala una increíble trama de cómo manipular a tus padres tras montar una fiesta tremenda en la vacía casa de su abuela que termina con policía y ambulancias (el éxtasis y otras drogas de diseño, recién llegadas a nuestras vidas en los 90, rularon con alegría). La conversación entre Tony y Carmela decidiendo cómo castigarla, porque sin pegar a los hijos no entienden cómo hacerlo, y ellos nunca les han pegado, es maravillosa. Y la charla con Meadow en la que ella negocia su castigo y consigue que sea mínimo mientras sus padres creen que han sido durísimos, es otra maravilla. ¡Es que esta serie solo tiene maravillas!

La relación de Janice y Richie va viento en popa, ante la desesperación de Tony, que debe asumir su compromiso. Tony sabe que Richie es un peligro para su organización, pero no logra domarlo. Cuando descubre que él y su tío Junior, ahora en arresto domiciliario, están usando los camiones de basura de su ruta para vender coca monta en cólera. Richie no le hace ni puto caso, y Tony está entre la espada y la pared: tiene que hacer algo drástico, pero es el novio de su hermana. Intenta que ella abra los ojos contándole las barbaridades que hace Richie, como atropellar y dejar paralítico a un tipo sin motivo, pero ella lo defiende siempre, y empieza a maniobrar en la sombra para enfrentarlos. Por supuesto, la felicidad va a durar poco en la casa Soprano. Janice no está acostumbrada a tragar tanto como las mujeres de la mafia, y cuando Richie le suelta un tremendo hostiazo se queda en shock, coge una pistola y se lo carga. Así, sin más. Espectacular. Tony tendrá que ayudarla a desfacer el entuerto y Janice, rota por dentro, vuelve a Seattle. Le debe una enorme a Tony, pero ignora el tremendo favor que le ha hecho a su hermano.

El final de temporada nos muestra, como siempre, a los Soprano felices y reunidos, esta vez para celebrar la graduación de Meadow, pero también vemos despedidas, como la del jugador empedernido, amigo de Tony desde niños, que debe marcharse, arruinado, tras empeñarse en entrar en una partida muy por encima de su nivel y endeudarse con los mafiosos. Menuda escena nos regala Tony cuando le explica que hace esas cosas porque es su naturaleza, como el escorpión de la fábula, sin rastro de compasión por el amigo tocado y hundido. Tony no tiene piedad de los cenutrios, esto es incuestionable: cuando alguien la caga por su propia estupidez, como en este caso, se nota que es incapaz de sentir empatía, aunque sí la muestra cuando la vida golpea de manera injusta a alguien. Ah, y relevante también en esta temporada es el despertar de Carmela: Tony ha terminado con su amante rusa, que nos regala un miniculebrón al intentar suicidarse: es desgarradora cuando le explica a Tony que, sin él, su futuro es ser bailarina del Bada Bing y prostituta, y ¡no quiero, no quiero, no quiero!, le grita desesperada. La vida de las mujeres de este entorno es brutal, no cabe duda. Pero Carmela no siente compasión por ellas, se ha criado entre las directrices del catolicismo más rancio, y ella es una mujer decente y la otra una perdida. Su hastío se muestra claramente cuando le dice a su cuñada en su fiesta de compromiso: dale un año para que tenga su primera amante. Y la despedimos cansada de callar, cansada de dedicar su vida a un marido que la engaña y a unos hijos que cada vez la necesitan menos: me voy a Italia tres semanas con una amiga, le espeta a su marido. ¿Qué va a decir la gente?, le responde él. Y esta frase encierra toda la verdad sobre el mundo de Tony Soprano.

La tercera temporada encuentra a Tony vigiladísimo por el FBI. Tiene micros en casa, en la tocinería, ¡en todas partes! Está tan controlado que terminan poniéndole uno en el sótano, su oficina no oficial. Tony es muy cuidadoso, y pese a las miles de horas grabadas, a los federales les cuesta encontrar algo sólido para detenerlo con la ley RICO, que se diseñó en EEUU especialmente para combatir el crimen organizado. Nuestro mafioso se está afianzando como jefe de la familia, aunque Junior siga siéndolo oficialmente. Se nota en la actitud de Tony: cada vez es más mandón, y ya lo era bastante, pero, a la vez, más ponderado: intenta ser un líder para sus hombres, e incluso lo vemos mantener la calma en situaciones que antes le hubiesen hecho explotar. Es el peso de la responsabilidad.

Su madre muere, y eso hace volver a New Jersey a Janice, que, pese a que su madre dejó bien claro que no quería velatorio, se empeña en organizar el funeral, ignorando a Tony y a su otra hermana, y hasta, pese a que él le dice expresamente que no lo haga, osa pedir a todos los asistentes que digan algo que recuerden de su madre, para honrarla. Livia era un mal bicho, nadie tiene nada bueno que decir de ella, como queda patente cuando Carmela, por una vez, toma las riendas y pone los puntos sobre las íes: no quería velatorio porque creía que nadie vendría. Una frase con el poder de una lanza. La amiga rusa coja de la examante de Tony, Svetlana, ha estado cuidando a Livia hasta su muerte, y el capo está muy agradecido. Pero claro, ha vuelto Janice, que es despreciable. Primero intentará echar a la rusa de la casa, pero Tony interviene, pero como la joven se niega a devolverle unos vinilos que Livia le regaló cuando vivía (evidentemente, no es por nostalgia: Janice quiere venderlos porque son valiosos) le roba su pierna ortopédica. Tony monta en cólera, le dice que ha hecho muy mal metiéndose con los rusos y, obviamente, tiene razón: a Janice le dan una paliza para que devuelva la pierna y su hermano está cabreadísimo por la posición en la que lo ha puesto: eres mi hermana, tengo que vengarte, le dice. La ley de la mafia es la ley en este mundo. Janice sabe bien lo que hace, se ha criado en él, y lo retuerce y manipula sin pudor para lograr sus objetivos.

Mientras, Chris es ascendido a capitán, regalándonos unas cuantas escenas de vergüenza ajena de las suyas, porque este chaval se cree la hostia y no es más que un garrulo que tuvo la suerte de nacer siendo sobrino de Tony. Por supuesto, quiere que Adriana deje de trabajar, y ella lo ve totalmente normal. También ella, como Janice, se ha criado en ese mundo machista y misógino (la escena en la que dos mujeres bailan magreándose en una comida con todos los capos, es brutal: son dos muñecas, dos objetos que, para ellos, no son nada), pero, a diferencia de Janice, Adriana no manipula, es básicamente buena. Su despedida del restaurante Vesubio, el de Artie, es desoladora: se siente tan mal por dejar a Artie tirado que le ha costado dos semanas decírselo. Adriana no se da cuenta, pero en realidad lo que la hace sentir mal es dejar su trabajo, aunque su mente no está preparada para aceptar ese deseo de libertad… todavía. Adriana y Janice son dos personajes interesantísimos, dos caras de la misma moneda de las nuevas generaciones de mujeres de la mafia.

Tony sigue yendo a ver a la doctora Melfi, su psiquiatra, esta temporada, en la que la va a violar un cabronazo cuando va a coger su coche del aparcamiento del edificio de su consulta. Melfi lleva mucho tiempo yendo ella misma a un psiquiatra: sabe que tiene que dejar de ver a Tony como paciente, pero siente una conexión con él, muy a su pesar, que se lo impide. Por supuesto, en un principio no le va a contar a Tony lo de su violación, ni siquiera cuando un error en la cadena de custodia deja a su agresor en libertad y ve su foto como empleado del mes en una pizzería a la que va a comer. Tremendo.

Melfi le pide a Tony que, si Carmela accede, vaya con él a una sesión. Esta escena es la hostia: cuánta ira tienen dentro los dos, cómo va saliendo… son dos personas rotas, aunque ellos no quieran aceptarlo. Su matrimonio se sostiene por una tradición religiosa y familiar que los desgasta, especialmente a Carmela. Tony hace lo que le da la gana, pero ella no: su mundo se reduce a su casa, el gimnasio y cuidar, constantemente, a su marido y sus hijos. Es, sin embargo, el ancla de Tony a la tierra, porque es ella quien intenta hacerle cambiar de punto de vista cuando se obceca, y quien siempre está a su lado, haga lo que haga. Pero el dolor que el matrimonio le provoca es incuestionable: cuando va sola a ver a Melfi le cuesta disimularlo, es una escena desgarradora. La relación entre Carmela y Tony es una de las bases de Los Soprano, el ejemplo perfecto de ese mundo de hombres en el que las mujeres están para cuidar, para cocinar, para ejercer de esposas. Meadow, criada ya en otra época, se rebela contra todos estos roles, contra el machismo y el racismo que exuda su familia sin disimulo: la escena en que Tony insulta al nuevo ligue de su hija cuando los encuentra en casa a causa de su raza es terrible. Y lo jodido es que él cree tener razón y no se baja de la burra, aunque su hija deje de hablarle durante semanas.

En esta temporada veremos una de las escenas más brutales de Los Soprano. La protagoniza Ralphie, uno de los personajes más detestables de la serie. Tras la muerte de Jackie Aprile, se lía con su viuda, Rosalie. Es un personaje con mucho protagonismo esta temporada, y en todas y cada una de las escenas que aparece lo detestamos, pero cuando mata a golpes a una de las chicas del Bada Bing en el aparcamiento… dios, nos quedamos sin palabras. Es tan tremenda esa muerte, tan brutal cómo, pese a haber matado a una mujer a hostias, sus compañeros intentan minimizarlo porque «era una puta», que cuesta digerirlo. Tony sí siente piedad por la muchacha: enfurece al ver su cadáver y golpea a Ralphie; quizá si no se lo hubiesen quitado de encima hubiese terminado matándolo allí mismo. Pero, en el código de estos mafiosos, esa agresión está injustificada, porque la muerta no era una mujer de su familia, ni siquiera «su» puta. Tremendo. Tony ha evitado nombrar capitán a este desgraciado, pero la relación entre los dos está llegando a un punto de no retorno y afecta a la familia, así que su tío Junior, que tiene un cáncer y está en horas bajas, le recomienda que lo solucione. Junto a su sobrino Chris, Tony ha ascendido a otro soldado a capitán, en vez de a Ralphie, y la única solución que no deje a Tony en mal lugar es la que toma: el recién ascendido va a aparecer muerto, aparentemente por causas naturales, y Ralphie es ascendido a capitán. La escena donde le pide a Tony que le garantice que ha ascendido por sus méritos no nos deja lugar a dudas: Tony se ha sacrificado por la familia, pero detesta tanto a su nuevo capitán que le cuesta disimularlo. La muerte de la bailarina del Bada Bing le va a pasar factura: está deprimido, tiene cambios de humor terribles (el pobre camarero del garito puede dar fe: se lleva unas buenas hostias sin motivo por poner un estúpido pez cantarín en el despacho, ¡como si no le llegase la hostia que le dio Ralphie con una cadena en el ojo en uno de sus desmanes habituales!). De nuevo tenemos a ese Tony dividido en dos: el brutal capo mafioso y el hombre con sentimientos. Como sabemos, esta batalla suele ganarla el primer Tony.

Otra trama nueva esta temporada es la de los amoríos de Meadow, que está en la Universidad. Tras el incidente con Noah, su novio mulato, poco a poco va recuperando la relación con su padre, pero sigue liada con el chaval, que es un pedante insoportable. Además, debe lidiar con su compañera de cuarto, una chica deprimida y obsesiva que les complica mucho la vida. Cuando Noah la deja de repente, Meadow se viene abajo, pero ahí está Jackie Aprile Jr., el hijo del fallecido capo y Rosalie, para recoger los pedazos. Carmela no ve con buenos ojos esta relación: nunca lo verbaliza, pero es evidente que la aterra que su hija tenga su vida, quiere que tenga oportunidades, que sea libre, que estudie. Y Jackie no es precisamente un hombre que garantice ese futuro: aunque su padre quería alejarlo de la mafia y que estudiase Medicina, el chaval va dando tumbos, trapichea con drogas y aunque parece tener buen fondo, es un hombre de la mafia; más moderno, sí, pero con todos esos desfasados códigos de honor mal entendido adquiridos. La relación, como es evidente, no va a funcionar: el chaval sigue yendo con prostitutas, vendiendo drogas y es incapaz de comprometerse emocionalmente: Meadow es una mujer de una nueva generación, pero él sigue siendo un hombre de la anterior. Cuando rompen, tras pillarlo con una prostituta, Jackie se va a meter en un buen lío al atracar una partida de cartas de Ralphie en la que está Chris: el atraco termina con varios muertos y Jackie debe esconderse. Tony le dice a Ralphie que tiene permiso para concederle la gracia y no matarlo, al ser su «hijo», pero el cabronazo de Ralphie ordena que lo ejecuten (de hecho, es él quien le da la idea del atraco, contándole una vieja historia de Tony que le hizo ascender en la familia). La muerte pasa por un ajuste de cuentas de las bandas de la droga, ya que Ralphie también ha hecho correr la voz de que Jackie era un adicto. Mira que hay personajes chungos en esta serie, pero Ralphie es telita marinera. La muerte de su ex rompe a Meadow.

Tampoco va a tener menos problemas el hijo de Tony y Carmela, que tras la segunda liada en el instituto es expulsado, y Tony decide buscarle una academia militar, algo a lo que se niega Carmela.

Así llegamos a la cuarta temporada, una temporada clave para el futuro de gran parte de los personajes. Por un lado tenemos al hijo de Tony y Carmela, que, tras el ataque de ansiedad que sufrió ante ellos cuando habían decidido a enviarlo a una escuela militar, se ha quedado en New Jersey. Su hermana Meadow está rota por la muerte de Jackie Aprile y decide dejar la Universidad un año e irse a viajar por Europa con una amiga, ante la estupefacción de sus padres, que la envían a una psiquiatra para que la ayude con su depresión. Meadow se enfrenta a su padre por su trabajo de mafioso, estalla por todo y ni Tony ni Carmela saben cómo ayudarla. Son momentos jodidos para Carmela, que se siente atacada por su hija. Tony, por su parte, sigue con sus líos en el chollo, con uno de sus capos en la cárcel (y muy descontento por culpa de Ralphie con su jefe) y Silvio maniobrando de manera poco honesta a sus espaldas. Chris asciende a capo: Tony cree que, con el acoso del FBI, lo mejor es confiar solo en su propia sangre, y quiere que Chris sea su heredero. Pero todas sabemos que Moltisanti muy listo no es…

Su chica, Adriana, tiene un club de música en directo (que Chris le regaló la temporada anterior tras recibirlo de un moroso), una perrita preciosa y hace una nueva amiga: una lástima que sea una agente encubierta del FBI. Cuando, tras una cagada de Chris que Adriana, para variar, se niega a aceptar, rompe su amistad con la agente, el equipo que vigila a la familia mafiosa no tiene más remedio que poner las cartas sobre la mesa y amenazarla con 25 años de cárcel por la cocaína que se mueve en su club si no les pasa información. Adriana es uno de los personajes más conmovedores de esta serie: una mujer hermosa, inteligente, llena de fuerza, que vive subyugada por un mediocre con ansias de poder y que, sin darse cuenta, irá cavando lentamente su propia tumba.

Janice, por su parte, sigue liándolas pardas. Tras el funeral del joven Aprile empieza a tirarle los trastos al chungo de Ralphie, y se lía con él a espaldas de Rosalind. Pero, pese a su vileza, cuando una de las mejores amigas de Carmela, la mujer del capitán del tío Junior (el único ser bondadoso en esta jungla de asesinos) muere en un accidente de coche, al verlo llorar desconsolado y escuchar a las otras mujeres decir que es el único que nunca ha tenido amantes se da cuenta de que eso es lo que quiere: un hombre que la ame. Manda a tomar por culo a Ralphie, con lanzamiento escaleras abajo incluido, y comienza la caza del pobre inocente. Su plan de acoso y derribo es infalible: Janice es odiosa, pero hay que reconocer que cuando se propone algo lo consigue.

Respecto a Tony, en esta temporada lo vemos muy activo sexualmente: además de Carmela y su nueva amante se va a liar con varias mujeres. La primera, Gloria Trillo, es una vendedora de Mercedes que conoce en la sala de espera de la consulta de Melfi. Es una relación totalmente tóxica, y nuestro capo, ya lo sabemos, no destaca precisamente por su empatía. Gloria terminará suicidándose unos meses después de terminar con Tony, y él se sentirá culpable por ello. También se va a liar una noche con Svetlana, la rusa coja con la que tan buena relación tiene, y que ahora vive en casa del tío Junior, cuidándolo junto a una adusta enfermera. Más que sexo, en esa noche lo que hay es cariño: es, aparte de Carmela y su hermana, la única mujer que conocemos desde el inicio que siempre ha estado, de un modo u otro, en la vida de Tony. Y llegamos a la relación más delicada, la que inicia con una amante de Ralphie: es acojonante el machismo de Tony, pues hasta que está seguro de que el pervertido capitán no folla con ella (es un parafílico, le mola el dolor) no se decide a hacerlo. Lo más fuerte, aunque a mí no me lo parece, aclaro, porque me pasa lo mismo, es que la escasa empatía de Tony con el sufrimiento ajeno es directamente inversa a la que siente por los animales. Esta temporada, para mí una de las mejores de la serie, vemos cómo se enamora de una yegua de carreras que compra a medias con Ralphie y cómo su muerte en un incendio provocado por el asqueroso capitán termina en un ataque de ira de Tony que le cuesta la vida. La escena de la muerte de Ralphie es de una brutalidad extrema, tremenda. Deja a ex seguramente más tranquila y a su hijo recuperándose tras quedar casi vegetal en el hospital tras clavarle una flecha un amigo jugando (por supuesto, sin que Ralphie los vigilase). A Tony, de este asesinato, solo le preocupa que alguien sepa que fue él: llama a Chris para que le ayude a deshacerse del cuerpo, y su sobrino llega totalmente colocado de heroína. En esta temporada es cuando Molitsanti toca fondo con su adicción: mata a la perrita de Adriana al sentarse encima y unos días después le da una paliza brutal. Entonces, su familia, de sangre y mafiosa, decide hacer una intervención e ingresarlo en un centro de desintoxicación. Aquí nos saltamos eso de que tiene que ser el adicto el que quiera salir de la droga: aquí se hace lo que dice Tony.

En el curro, las cosas están convulsas con los de Nueva York: todo empezó con una cruel broma de Ralphie, cómo no, sobre el culo de la mujer de John, el segundo de Carmine, el capo de NY. Cuando Paulie se lo chiva, John, que ama de verdad a su mujer, monta en cólera e intenta que Carmine apruebe su asesinato. El capo dice que no, pero la mala sangre entre John y Ralphie amenaza los negocios de las dos familias, así que cada una manda eliminar al otro. Las dos ejecuciones se anularán al límite, cuando John decide aceptar las disculpas de Ralphie. Tremendo. Pero este incidente le va a venir a Tony muy bien para redirigir las sospechas de la desaparición de su capitán hacia la familia hermana.

En esta temporada hay muchas otras tramas relevantes: la de Artie, que le pide un préstamo a Tony que no podrá pagar, rompiendo su amistad. La del sobrino de Carmela que empieza a introducirse en la red de Tony tras darle un par de buenos consejos sobre inversiones. Y, sobre todo, la de Carmela y Furio, el chófer de Tony. Carmela está harta de las infidelidades de su marido (cuando encuentra la uña postiza entre su ropa y, acto seguido, decide robarle dinero del depósito secreto que tiene en el jardín es justicia poética) y comienza a sentirse atraída por Furio, y él por ella. Esto crea un enorme conflicto interior en el mafioso, que sabe que si Tony se entera lo mata. Furio decide volver a Italia porque la atracción que siente por Carmela sabe que puede costarle la vida, y Carmela, desolada, recibe una llamada de Irina, la examante de Tony: está enfurecida porque el mafioso ha pegado con un cinturón a su nuevo amante (tremendo: ni come ni deja comer) y le cuenta que su marido se ha acostado, entre muchas otras, con Svetlana. Y aquí Carmela dice BASTA. Echa a Tony de casa y decide separarse de él. ¡Por fin, Carmela, por fin! Es curiosa la chulería de Tony cuando se enfrenta a Carmela y, sin embargo, cómo intenta que sus hijos no se vean afectados por la situación y les habla maravillas de su madre.

Así vamos a llegar a la quinta temporada, con Tony y Carmela separados, él intentando creerse qué feliz es de soltero y tratando de seducir a su exterapeuta, la doctora Melfi (esta locura de Tony durará poco, por suerte, y volverán a tener su relación habitual, de terapeuta y paciente, en pocos capítulos), y Carmela intentando acostumbrarse a la nueva situación.

Llegan nuevos personajes: los mafiosos encarcelados en los 80 salen de prisión y las cinco familias deben buscarles encaje. El primo de Tony es uno de ellos: eran como hermanos, pero tantos años en la cárcel han cambiado a Tony 2. Aunque comienza la temporada intentando ser legal, estudiando para ser masajista, pronto sucumbirá a la violencia y los excesos del mundo que es el suyo, y termina de nuevo donde había empezado. Tony es inteligentísimo, pero parece conformarse con usar ese alto potencial para el sarcasmo. Chris, acomplejado como siempre, siente muchos celos del recién llegado, porque le disputa dinero, sí, pero, sobre todo, el amor de Tony, ya que su primo es como su hermano, se criaron juntos y Chris era el mocoso que los perseguía. Tony 2 tiene una violencia muy diferente a la de nuestro Tony, explosiva y brutal: es frío, y sus terribles cagadas cuando decide matar por dinero a un soldado de la familia de New York muestran a un asesino gélido, pero que no falla. Tras este incidente, que crea muchas tensiones con la familia de Little Carmine y John, Tony decide ascender a su primo para que gane más pasta y no tenga que hacer trabajos extras, y esto enfada mucho a Chris. Adriana, que sigue acosada por el FBI, a quienes debe informar si no quiere terminar ella en la cárcel, intenta en varias ocasiones convencerlo para irse de New Jersey e iniciar una nueva vida, pero no lo consigue. En esta temporada, Adriana va a cobrar mucho protagonismo porque tiene una breve tensión sexual con Tony: nunca sabremos si la habrían culminado, porque yendo a pillar coca tienen un accidente de coche y se lía la marimorena. La paliza que le da Chris a Adriana es terrible: crucial la frase de la agente del FBI cuando le dice que ser una mujer maltratada tiene rasgos de trastorno, intentando ayudarla, y la joven monta en cólera y le dice que ella también le habría pegado a su prometido si estuviese a solas con otra mujer. Ni siquiera es consciente de la barbaridad que está diciendo. Les cuesta superar este episodio, aun más que el que tuvieron cuando ella le confesó que no sabe si podrá tener hijos (con otra paliza de regalo incluida) o cuando mató a su perrita, pero parece que Chris, un mediocre y acomplejado exyonqui, es dios para la bella Adriana. Tristísimo: esta relación es quizá la más paradigmática de las extrañas relaciones que mantienen los mafiosos con sus mujeres, y la cárcel en la que ellas viven sin darse cuenta. Porque Carmela, que parece haber conseguido salir de esa prisión de oro, no es feliz fuera de ella. Es cierto que tiene mala suerte y tiene un lío con un gilipollas: un profesor de su hijo Anthony que resulta ser un mamonazo. No es justo, pero así es la vida. Anthony, por cierto, no sienta cabeza: las sigue liando pardas y cada vez trata peor a su madre; tanto que Carmela decide enviarlo a vivir con Tony. No era difícil adivinar que este experimento iba a ser un desastre. Tony intenta mitigar su violencia con su familia, pero está demasiado arraigada en su interior (el trato que da desde el comienzo de la serie al camarero de Bada Bing es un buen ejemplo: lo usa de saco de boxeo cuando necesita desahogarse, y en esta temporada se pasará tanto de la raya que lo dejará medio sordo), así que su relación con su hijo, que siempre tensa la cuerda, lo saca de sus casillas. A.J volverá a casa con su madre, pero ella pondrá unas normas. Por cierto, tras su fallido affaire, Carmela se acuesta con Tony, y los dos empiezan a contemplar la posibilidad de intentarlo de nuevo: Tony no es capaz de decirle «lo siento, fui un cabronazo», pero lo hace a su manera, sentado en el sofá diciéndole «esas cosas que no te gustaban, si volvemos, no volverán a pasar». Pura poesía, jajaja. Pero al final, ellos se quieren a su manera, y Tony vuelve a casa.

Las cosas van a ser mucho más trágicas para Adriana, que terminará confesándole a Chris que una agente infiltrada del FBI que se hizo pasar por una amiga la arrestó y lleva un año obligándola a colaborar. Adriana es una sombra de sí misma: con una colitis ulcerosa causada por el tremendo estrés al que vive sometida, deprimida y desesperada, cree realmente que Chris la va a elegir a ella antes que a la familia. El final de Adriana es desolador, con esa mirada de odio de Silvio llamándola puta, ese hombre que siempre ha sido tan cariñoso con ella. No hay sitio para la traición en esta familia.

La última temporada arranca con un nuevo estatus en las cinco familias, con John por fin liderando la de NY tras pactar con Little Carmine, y con Tony a salvo tras matar a su primo (un momento estremecedor del final de la temporada anterior: su muerte y la de Adriana son terribles), pero aún cuestionado por no permitir al agraviado capitán de John, Phil Leotardo, que lo matase con sus propias manos como vendetta tras asesinar a su hermano. Los dos mafiosos se reúnen en la casa de John y de repente aparece el FBI, Tony huye, pero detienen a John. Su abogado lo tranquiliza: solo van a por la banda de New York. El golpe lleva a la cárcel a gran parte de la cúpula de la familia neoyorquina, y será el capitán de John quien asuma provisionalmente el mando. Lo mismito va a pasar en nuestra familia: el tío Junior, cada vez más desorientado, dispara a Tony confundiéndole con un intruso, y será Silvio quien tome las riendas mientras su don se debate entre la vida y la muerte. Mientras está en coma, Tony tiene uno de sus extraños pero reveladores sueños. A su lado, Carmela y sus hijos esperan a que despierte, aunque los médicos no les dan demasiadas esperanzas. Sin embargo, cuando en el sueño parece que, invitado por su fallecido primo, va a entrar en una mansión de ensueño y debe dejar su «maletín» atrás, escucha las voces de su mujer y su hija y da marcha atrás: contra todo pronóstico, Tony se recupera. Muchas cosas van a cambiar: quizá la más relevante es que realmente intenta ser fiel a su mujer, y lo vemos rechazar un polvo con la ambiciosa empresaria que le compra uno de sus solares (una jovencísima Juliana Margulies). Pero estas buenas intenciones no van a durar mucho: Tony es Tony. Carmela se va a París de viaje una semana con su amiga Ro, la madre del fallecido ex de su hija Meadow, y Tony vuelve a las andadas. Eso sí, solo polvos esporádicos, no vuelve a tener una amante fija. A la que no consigue llevar al huerto es a la agente inmobiliaria: él no lo sabe, pero se está acostando con su sobrino Chris. La deriva de Chris es también relevante: deja embarazada a una chica y, fiel a su impulsividad, le pide matrimonio. La cuestión es que no la quiere, y pronto empieza a agobiarse y a drogarse de nuevo con Julianna, que también es una exadicta. Un poema. Chris es un personaje dramático esta temporada: no termina de encajar con los mafiosos al no beber ni drogarse, habla demasiado de su hija para el gusto de esos machirulos y su violencia aparece cuando menos te lo esperas (como cuando mata a su colega el guonista, tremendo) y Tony… Tony no termina de fiarse de él tras lo sucedido con Adriana. Así que, cuando en un trayecto en coche en el que Chris conduce drogado sin que Tony lo sepa tienen un accidente, vivimos uno de los momentos más jodidos de la serie. Chris, muy malherido, le dice a Tony que está drogado y que le van a quitar el carnet de conducir… y Tony lo mata. Sí, a sangre fría. Lo asfixia mientras escucha llegar la ambulancia. Qué jodida vida tuvo Chris: era un cabronazo, pero era difícil no serlo criándose con una madre alcohólica y sin padre, rodeado de mafiosos violentos. Y Tony, en esta escena nos damos cuenta sin lugar a dudas, es capaz de sacrificar a cualquiera si eso le beneficia. De hecho, le confiesa a su psiquiatra que está enormemente aliviado tras la muerte de su sobrino, porque temía que en cualquiera de sus recaídas lo delatase. La psiquiatra no da crédito, ni a esa ni a otras confesiones que le hace en los últimos capítulos el mafioso. Cuando se salta una cita, Melfi, cabreadísima, le dice que su relación ha terminado: no es solo por esa falta de educación de no ir y no avisar, es porque Melfi acaba dándose cuenta, como nosotros, de que Tony es un monstruo, y nada va a cambiar eso. Es imposible que nos caiga mal, sí, pero es un monstruo.

También es importante en esta temporada su intento de mejorar su manera de tratar con su hijo, que es un bala perdida de calibre mil en esta temporada, totalmente perdido, y que remata su caída libre presentándose en la residencia donde vive Junior para matarlo y vengar a su padre. Solo los contactos de Tony permitirán que salga impune de esta barbaridad, y en la escena donde lo recoge de la cárcel vemos uno de los escasísimos momentos en los que nuestro mafioso muestra su amor sin esconderse tras su brutalidad o su humor. Después, A.J. entra en una espiral depresiva, luego decide alistarse, después vuelve a deprimirse… El canto del cisne de la temporada es la deriva absurda de ese chaval al que su padre no logra entender y su madre no consigue llegar. A.J. es un juguete roto: ha nacido en un mundo moderno, pero su familia sigue códigos seculares que no logra entender. Meadow es más fuerte, más inteligente, y ha sabido lidiar entre los dos mundos, pero su hermano pequeño no es capaz. Despedimos a A.J. trabajando para la productora que había montado Chris, quejándose en la escena final de la serie porque solo lleva cafés. Meadow llega al final de la serie anunciando a sus padres que no estudiará medicina, sino derecho, y con un nuevo novio, tras romper con el plasta de Finn: el hijo de uno de los capitanes de Tony, que trabaja en un prestigioso bufete de abogados. Así que sí, Meadow no va a ser ama de casa y romperá barreras respecto a la generación anterior de mujeres, pero durante toda la serie ha dejado claro que irá detrás de «su» hombre cuando sea necesario. Es una victoria/derrota para el personaje, realmente.

En esta temporada el final el desastre está anunciado: las luchas entre las familia de NJ y NW sube de tono. Vito, el insoportable capitán de Tony, es homosexual, y cuando se descubre se monta una tremenda. No solo son machistas y misóginos: nuestros mafiosos son terriblemente homófobos. Vito huye, se enamora de un tío en su escondite… pero tiene dos hijos y una familia en la mafia que le tiran demasiado, así que decide volver. Propone a Tony instalarse en Atlantic City y enviarle su porcentaje de las ganancias, y Tony se lo plantea, pero el líder de la familia de NY, padre de la mujer de Vito, decide vengar la humillación y ordena que se lo carguen. El asesinato de Vito inicia una cascada de violencia que Little Carmine intentará frenar sin éxito. Silvio y el responsable de la tocinería de la familia mafiosa se cargan a un hombre de la familia rival cuando empieza a hacer bromas sobre la homosexualidad de Vito, de forma totalmente impulsiva. Y después llega la debacle.

La guerra entre familias se cobra muchas víctimas y de manera brutal. La muerte del tierno Bobby es la primera, pero tampoco se va a salvar Silvio. Tony manda a su familia fuera de casa para protegerla, y él y sus hombres se esconden en otra, donde traman la venganza contra Phil Leotardo, que ha dado orden de matar a toda la familia. Tony, que tiene buen rollo con un agente del FBI de los que lo investigan desde el inicio de la serie, aunque se haya ido a otra división, consigue que le diga desde dónde llama Phil a sus hombres. Y se lo cargan, claro.

Con todo aparentemente en calma, llegamos al espectacular final de Los Soprano: Tony espera a su familia en un restaurante y pone la canción Don`t stop believin de Journey en la máquina. Primero llega Carmela, luego A.J., y vemos cómo Meadow tarda en entrar porque no logra aparcar bien. En el restaurante, un hombre vigila a la familia, pero Tony no se da cuenta. De repente, se levanta y va al baño, y acto seguido entra Meadow y la imagen se funde a negro. Uno de los mejores finales de la historia, en mi opinión. Está clarísimo que es el final de Tony, y esa manera de simbolizarlo es brillante.

Adiós, Tony, siempre te echaremos de menos.

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