Tipo: Fantasía.
Dónde verla: Netflix.
A todos quienes amamos la novela de Mary Shelley, la versión de Kenneth Branagh nos dejó un amargo regusto: era grandilocuente y bizarra. De las versiones antiguas, El doctor Frankenstein (1931) y La novia de Frankenstein (1935) son clásicos del cine, y la mítica El jovencito Frankenstein (1974) es una parodia tremendamente divertida del personaje. Pero lo cierto es que, tras ver la película de Guillermo del Toro, era evidente que necesitábamos su versión del monstruo de Shelley, porque lo ama tanto como nosotras. Y ese amor lo transmite de manera terriblemente emotiva el actor que lo interpreta, Jacob Elordi, que dota a Frankenstein de una humanidad maravillosa, que es justo lo que Shelley nos cuenta en la novela: que Frankenstein es el menos monstruo de todos.
Oscar Isaac está también fantástico interpretando a Victor Frankenstein, el trastornado científico obsesionado con vencer a la muerte. Del Toro no ha sido totalmente fiel a la novela, algo que ya se le ha echado en cara. Se detiene mucho en el proceso de creación de la criatura, algo que para Shelley no era tan relevante: ella quería contarnos lo que sucedía después de su nacimiento, pero en la película este proceso queda bien, porque nos permite conocer a Victor y seguir sus dislates. También la adición de un personaje que no existe en la novela, el mecenas que sufraga la investigación de Victor, puede perdonarse, porque Guillermo del Toro nos entrega a cambio una película profundamente bonita, en la que el monstruo termina siendo el único realmente hermoso de todos los personajes, el único realmente humano. Profundamente herido por la traición de su creador, intenta encajar en un mundo que lo teme y lo detesta por su aspecto. El comienzo y el final de la película, como en la novela, en el Ártico, es simbólico y emotivo, porque la criatura sabe que no tiene sitio en el mundo de los hombres, y la tristeza que nos transmite esa certeza es desgarradora.
Guillermo del Toro tuvo que esperar años para poder rodar su Frankenstein pero, francamente, la espera ha merecido la pena, porque nos entrega un trabajo maduro y lleno de preciosos matices. Y con dos actores, además, en estado de gracia.
