Tipo: Amor, drama.
Dónde verla: Netflix, Prime.
Daisy Williams, en su lecho de muerte en el hospital, pide a su hija Caroline que lea en voz alta un diario: es de un gran amigo, Benjamin Button, del que Caroline no ha oído hablar. A su alrededor, el huracán Katrina azota Nueva Orleans, pero las dos mujeres parecen ajenas al caos que ha desatado. En aquella habitación, la historia de Benjamin Button consigue borrar todo lo demás.
Combinando las escenas en las que Caroline lee el diario con las que nos muestran la vida de Benjamin, Fincher atrapa al espectador, que sigue los trazos de la historia intrigado. Sin embargo, ni cuando la vi tras su estreno ni cuando he vuelto a verla 15 años después me pareció una obra maestra. Es una triste fábula, una película original, basada en un relato de Fitzgerald, pero no una obra maestra, en mi opinión.
Todo empezó en 1918, cuando un relojero ciego, Monsieur Gateau, construye un hermoso reloj para la estación de tren. Mientras lo hace, su hijo muere en la guerra, y el desolado artesano hace que las agujas de su reloj corran en sentido contrario: era su deseo de devolver el tiempo, para que los caídos en la guerra pudiesen volver, simbólicamente, de la muerte. Pero el día en el que el reloj se instala y empieza a funcionar, nace un extraño niño, Benjamin, aparentemente muy deformado. Su padre, Thomas Button, lo abandona: su mujer ha muerto en el parto de aquel engendro, así que lo deja en las escaleras de una residencia de ancianos. Allí lo encuentra Queenie, justo la noche en la que se firma el armisticio que pone punto final a la guerra. Queenie se compadece de aquel niño abominable y decide criarlo. Y Benjamin, contra todo pronóstico, no muere, sino que empieza a arañar la vida y, cada año que pasa, es un poco más fuerte. Todos creen que es un niño, también Daisy, la nieta de una de las residentes en la casa, con la que juega y establece una amistad llena de complicidad.
Cuando su abuela muere, Daisy, que es bailarina en New York, deja de visitar la casa, pero no perderá el contacto con Benjamin, ese extraño joven con aspecto de anciano. Pero el tiempo va dejando claro que Benjamin rejuvenece, no envejece, y mientras Daisy baila él se va a la Guerra Mundial, y, tras sobrevivir, vuelve a Nueva Orleans y se reencuentra con Daisy, quien, tras una terrible caída, ya no puede ser bailarina. En este momento los dos tienen más o menos la misma edad, y se enamoran. Es un amor condenado, porque ella envejece y él rejuvenece. Pero los años que viven juntos son mágicos. Tienen una hija y son felices, pero Daisy pronto es consciente de la imposibilidad de seguir juntos: él es un jovenzuelo ya, y ella una mujer madura, así que decide que todo debe terminar. Benjamin vive su juventud viajando por el mundo, pero, junto a los años, va perdiendo recuerdos, y, cuando vuelve a ver a su amada, es un niño que no la reconoce. Daisy, que después de su caída ha montado un estudio de danza, tendrá una buena vida: se casará con el que Caroline cree que es su padre y será, si no intensamente feliz, sí al menos un poco. Caroline descubre esa noche, leyendo ese diario, quién era su verdadero padre, y su abuela muere tras contarle la verdad a través de las palabras de Benjamin, mientras Katrina destroza su ciudad. La tremenda inundación llega hasta una bodega donde el viejo reloj de Gateau sigue contando hacia atrás mientras el agua lo apaga para siempre.
El misterioso caso de Benjamin Button es un poético cuento, una historia de amor imposible que es única porque Benjamin era único. El lenguaje narrativo es excepcional, así como la fotografía. Encuentro sublime, como siempre, a Cate Blanchett, y planísimo, como casi siempre, a Brad Pitt.
