Tipo: Drama.
Dónde verla: Filmin.
Dogville es una de las películas que más me han impresionado en mi vida. En aquellos primeros años del siglo XXI, Lars von Trier era lo más, y yo devoraba sus películas extasiada. Desde la llorera que me pegué en el cine con Dancer in the dark, mi universo cinematográfico y el Lars von Trier se unieron, y aunque con el tiempo la relación se enfrió, nunca podré agradecerle lo suficiente todo lo que me hizo sentir y pensar con Dogville.
Lo primero que nos vuela la cabeza en esta película es la ambientación: estamos en un Dogville, un pueblo de Colorado (EEUU), pero no hay casas, ni calles, ni árboles; solo hay un enorme y simple escenario, como en una obra de teatro muy extrema, en una gran nave, oscura, con grandes trazos blancos en el suelo. Esto ya nos descoloca, que es lo que pretende Von Trier. La historia comienza con Grace (una magnífica Nicole Kidman), que llega a Dogville huyendo. No nos queda claro nunca de qué: de su vida, de la justicia, de los malvados. Ella lo explica, pero es difuso. En el pueblo, donde todos creen ser grandes personas, Grace podrá esconderse gracias a Tom Edison, un joven escritor fracasado, que la encuentra y convence al resto del pueblo de que la acojan.
Hasta aquí todo parece normal (si obviamos el escenario). Grace se queda en el pueblo, tras un acalorado monólogo de Edison, en el que convence a sus vecinos de acogerla dándole dos semanas «de prueba»: si pasado este tiempo no están conformes, ella tendrá que irse. Al principio todo es armonía: Grace conoce a los vecinos, entablan relaciones y todo parece maravilloso, pero… los vecinos pronto se darán cuenta de que pueden pedirle a Grace que haga cosas, ya que ellos le están haciendo el favor de esconderla. Primero son pequeños favores, pero pronto comienzan a escalar en intensidad, hasta llegar a extremos muy violentos, terribles.
El argumento de Dogville me recordó a la famosa performance de Marina Abramović Ritmo 0, 1974, en la que se planta en una habitación en un rol pasivo, dejando 72 objetos para el público: algunos son placenteros, otros pueden infligir daño. Durante seis horas, la artista permitió que el público los usara sin restricciones. Al principio, los espectadores fueron tímidos y dulces, pero, poro a poco, la violencia se abrió camino. Como la propia artista explicó después, «la experiencia que aprendí fue que si se deja la decisión al público, te pueden matar. Me sentí realmente violada: me cortaron la ropa, me clavaron espinas de rosas en el estómago, una persona me apuntó con el arma en la cabeza y otra se la quitó. Se creó una atmósfera agresiva. Después de exactamente seis horas, como estaba planeado, me puse de pie y empecé a caminar hacia el público. Todo el mundo salió corriendo, escapando de una confrontación real». Y esto es, en otro escenario y con otra historia, lo que nos explica Von Trier: cómo los humanos, al sentirnos en una posición de poder, abusamos de ella hasta límites insospechados. Quizá no todos, pero sí la mayoría. Y cuando, al final de la película, descubrimos quién es realmente Grace y asistimos a su terrible decisión, debemos enfrentarnos a nuestra propia violencia, porque creo que todos hubiésemos hecho lo mismo. Es bonito engañarnos e intentar pensar que hubiésemos sido mejores personas, pero, realmente, no podemos estar seguros. Nunca hemos estado en una situación así, por lo que saber qué haríamos es solo una elucubración; sentimos horror al ver qué hacen los vecinos, porque creemos que somos diferentes, pero la historia nos enseña que los seres humanos somos como alimañas cuando nos dan el poder de decidir libremente. De hecho, creo que la mayor lección de esta película es que, cuando tan distintos a esos despreciables vecinos nos sentimos, nos descubrimos rugiendo de placer con la decisión de Grace, lo que nos convierte, sin darnos cuenta, en seres despreciables también.
Una obra maestra.
