Tipo: Distopía, guerra, thriller, drama.
Dónde verla: Prime.
Después de ver esta película, que me ha parecido impresionante, leí las críticas y reseñas (nunca lo hago antes, me gusta verlas sabiendo lo mínimo sobre ellas) y aluciné: en Film Affinity hay peña llamando carroñeros a los protagonistas e interpretando la película como una crítica a los fotoperiodistas y periodistas de guerra. Supongo que al ser yo fotógrafa y periodista -aunque no de guerra, evidentemente- me resultó más fácil entender Civil War como lo que creo que es, justo lo opuesto: un canto de amor, brutal, pero lleno de amor, a un oficio incomprendido (a la vista está), durísimo y en el que los profesionales deben cargar no solo con su equipo, sino también con una enorme coraza de aparente frialdad para sobrevivir psicológicamente a esas experiencias.
No sé por dónde empezar a destacar lo que me ha gustado de esta película, porque me ha gustado todo, pero lo haré por Kirsten Dunst, una actriz que me encanta: en esta película nos da otra lección magistral de interpretación. Su personaje, Lee Smith, una mítica fotógrafa de guerra, es quien nos permite medir cómo se sienten esos dos hombres y dos mujeres que emprenden un viaje desde Nueva York a Washington a través de un EUA roto por una brutal guerra civil. Los cuatro actores están impresionantes, pero lo de Dunst es de otro nivel. Cuando la conocemos, borde, casi maleducada, no hace falta mucho para entender que está intentando no sentir nada por sus compañeros de viaje: es su manera de protegerse contra el posible, inevitable dolor. Cuando, en una escena terriblemente dura, ven morir a uno de ellos, se paraliza, se esconde, y es su compañero de tantos años, el periodista Joel, quien la saca de ese agujero negro. Tampoco hace falta ser un lince para ver cómo, pese a intentar no hacerlo, empieza a abrirse con Jessie, la jovencísima fotógrafa a la que su compañero decide llevar con ellos a Washinnton D.C. Jessie idolatra a Lee, que es su referente; en Civil War no se habla solo de guerra, sino de ese recambio generacional que es inevitable y de cómo el tiempo afecta con dureza a los veteranos. Jessie comienza con cierto temor, pero Lee la guía, le enseña, y la joven fotógrafa pronto abre su mirada a través del objetivo sintiendo más emoción que horror, aunque esa euforia le durará poco. El cuarto pasajero del coche es un veterano periodista, un tipo pasado de vueltas que combate con su cinismo el miedo. Su muerte parte en dos la película, o, realmente, la parte en dos el encuentro con otros dos periodistas, alocados, desenfrenados, en una carretera totalmente vacía de otros coches. Cuando los secuestra un aterrador Jesse Plemons (el marido de Kirsten en la vida real), la salvaje guerra ya no es un escenario esperando a ser fotografiado: es el infierno.
Tan acertada como la interpretación de los protagonistas es la dirección de arte, que firma Mark Dillon. El encuadre fotográfico es tan impresionante que a veces parece que estamos viendo un documental. Lee y Jessie componen, enfocan y disparan, y, tras ellas, los planos hacen el mismo viaje. Simplemente, maravilloso.
La estética de la película, a cargo de Caty Maxey, es una obra de arte. Esa luz apagada, ruinosa, como todo lo que ven, esos paisajes apocalípticos, son arte. Solo hay luz en algunas escenas, que son luminosas a propósito: cuando no están en zona de guerra y se relajan, cuando se encuentran a sus compañeros en la carretera y ríen como si nunca más fuesen a reír.
Pero quizá, a pesar de la maestría de todo lo que acabo de reseñar, lo mejor de Civil War es su manera de presentarnos la trama: sin tomar partido, sin descripciones innecesarias, sin concesiones. Es la espectadora quien ata los cabos, quien interpreta, quien toma partido: el director jamás lo hace. Es tan agradable que no nos tomen por cenutrias, que nos dejen PENSAR, no, mejor dicho, que nos OBLIGUEN a pensar, que por eso esta peli se va directa a Mi Olimpo.
La trama sucede en un futuro cercano y en una USA que, aunque Trump no era presidente aún cuando se rodó la peli, nos suena a él y sus desmanes: el Gobierno, que intuimos rápidamente de extrema derecha, se enfrenta a los disidentes, que parecen ligeramente mejores hasta que ves a algunos de sus soldados asesinar a sangre fría a varios prisioneros. No se toma partido, solo se remarca la barbaridad que es una guerra, aunque a veces la manera de contarlo sea tan fría: es un juego magistral, porque los fotógrafos usamos el visor de la cámara como una protección, como una barrera. Y por eso es tan buena esta película: la estamos viendo desde ese visor, no desde los ojos reales de los protagonistas.
El final, con Lee cayendo muerta tras salvar a Jessie, que la fotografía mientras cae, es de una belleza poética, y refrenda de manera indudable todo lo que nos ha estado contando la película, hasta esa aparente falta de empatía que en realidad no existe: Jessie fotografía la muerte de Lee de manera instintiva porque aún no procesa que ha fallecido: eso lo verá cuando aparte su ojo del visor de la cámara (por cierto, una Nikon antigua, de carrete, que, en cierta medida, es un precioso (otro) homenaje a ese oficio).
