Tipo: Drama, cine social.
Dónde verla: RTVEplay, HBO, Movistar + y Filmin.
Me ha gustado mucho esta película de Álvaro Gago sostenida por una María Vázquez impresionante, que se convierte en Ramona y nos arrastra con ella a la vorágine de su vida. Es una vida más, sin grandes gestas: es la vida de una mujer trabajadora que vive en un pueblo pesquero de las Rías Baixas y que trabaja en condiciones precarias para sobrevivir… y para ahorrar: quiere que su hija tenga una vida diferente y guarda dinero en una caja de Skip escondida en la cocina para que pueda estudiar. He leído, tras ver la película, reseñas que critican que «no pasa nada» en este filme; no puedo estar más en desacuerdo: pasa de todo, porque pasa la vida, arrollando a Ramona. La actriz que la interpreta no es una matriarca; de hecho, contra la creencia general que interpreta que Galicia es tierra de matriarcas, creo que Gago juega con ese título precisamente para remarcar lo incierto de la acepción. Las matriarcas gallegas no lideraban, no mandaban: eso seguía en manos de los hombres. Ellas trabajaban como esclavas, creaban corazas de pura mala hostia para protegerse del mundo exterior y vivían vidas prestadas, porque las suyas eran demasiado duras. Algunas, quizá, lograron emprender el vuelo y salir de ese infierno. Y esto es lo que nos quiere contar esta excelente película, en la que por supuesto que pasa mucho, ¡muchísimo!
Necesitamos que la cámara se detenga en los detalles, en los diálogos aparentemente sin importancia, porque solo así podremos entender a Ramona. La conoceremos con su máscara de retranca con sus compañeras de trabajo en la fábrica y con los hombres con los que coincide en el puerto, también trabajando. En cuanto se van, la máscara cae y Ramona vuelve a desafiarnos con esa tristeza escondida en el fondo de su mirada. Necesitamos, también, conocerla como madre: Ramona no dice te quiero, lo demuestra con palabras que salen como puñales pero que esconden ese amor tan enorme que no sabe cómo demostrar. De hecho, es la relación con su hija la que lleva a la protagonista a ese final abierto pero lleno de esperanza: cuando le coge el dinero de la lata de Skip y Ramona siente que la han desgarrado por dentro. La reconciliación de madre e hija es una escena llena de amor a lo Ramona: áspero, duro y profundo. También necesitamos conocer al hombre al que Ramona va a cuidar tras dejar la fábrica… y a su perro. Poco se habla en las críticas que he leído de que el perro es el único ser que rodea a nuestra dura mujer con el que se muestra cariñosa y feliz: aquí no hay palabras duras, no hay distancia física, lo acaricia con cariño, le habla con cariño. La vemos sonreír, con el rostro iluminado, cuando le da de comer algo rico. El dueño del can, un hombre bondadoso y atento, es uno de los detonantes de la decisión de Ramona, no tengo ninguna duda. Su amabilidad la descoloca, porque está acostumbrada a relaciones en las que las palabras son armas. Creo que esa vida diferente que vislumbra con el anciano y su perro es la que va a empujar a Ramona a buscar algo mejor. También tenemos que conocer a su novio, un borracho tremendamente gilipollas. En Matria vemos la realidad de esas falsas matriarcas: esas mujeres condenadas a cargar con el peso de toda la familia, deslomándose trabajando de sol a sol y con cero recompensas: ni cariño, ni descanso, ni esperanza.
El final de Matria es un final lleno de esperanza: Ramona se sube a ese tren que no sabemos a dónde va pero queremos creer que a un lugar mejor.
